Por Diana Alarcón Elizondo
En un mundo donde los certámenes de belleza se venden como plataformas de empoderamiento femenino, el incidente ocurrido el 4 de noviembre de 2025 en Tailandia ha expuesto las grietas de un imperio construido sobre sonrisas forzadas y promesas vacías.
Fátima Bosch, la radiante Miss México de 25 años, coronada apenas en septiembre como la representante de un país orgulloso de sus mujeres valientes, se convirtió en el epicentro de una tormenta que involucró a Nawat Itsaragrisil, el director de Miss Universo Tailandia. Lo que empezó como una simple reprimenda por no publicar contenido promocional en redes sociales derivó en un humillante enfrentamiento público que dejó al descubierto la hipocresía de la organización. Y las consecuencias para la reputación de Miss Universo no podrían ser más devastadoras: un golpe directo al corazón de su narrativa de «voces empoderadas».
Imaginemos la escena: un salón repleto de unas 75 candidatas, nerviosas y expectantes, en un evento previo al sash previo al certamen principal en Bangkok. Nawat, un ejecutivo de 60 años con años de experiencia en el mundo de los pageants, interrumpe la sesión para arremeter contra Bosch. Según testigos y el propio video en vivo transmitido en Facebook de Miss Universo Tailandia, el directivo la acusa de desobedecer órdenes de su organización nacional al negarse a posar en una sesión de fotos para promocionar al país anfitrión. «Estás en Tailandia, estás en un juego. Ten cuidado», le advierte, elevando la voz. Cuando Bosch se pone de pie para defenderse —»Tengo una voz», responde con firmeza—, Nawat la interrumpe y la tacha de «dummy» (estúpida, en inglés), un insulto que ella misma confirmó ante la prensa: «Me llamó dumb. Creo que eso no es justo porque estoy aquí, hago todo bien, no me meto con nadie. Solo trato de ser amable». No contentándose con el agravio verbal, convoca a la seguridad para intimidarla, amenazando con descalificar a quien la apoye. «Si alguien quiere continuar el concurso, siéntense. Si salen, las demás continúan», grita, mientras Bosch abandona el salón declarando: «Como mujeres, nos merecemos respeto. Represento a un país y no es mi culpa que tengas problemas con mi organización».
La respuesta no se hizo esperar. Decenas de candidatas, lideradas por la actual Miss Universo 2024, la danesa Victoria Kjaer Theilvig, se levantan en solidaridad y abandonan el evento en masa. «Esto va de derechos de las mujeres. No es así como se debe manejar. Humillar a otra chica es más que irrespetuoso», declaró Theilvig al salir, cubriéndose con su abrigo como símbolo de rechazo. El video del walkout se viralizó en cuestión de horas, convirtiendo un incidente interno en un escándalo global. Figuras como la ex Miss USA 2023 Noelia Voigt, quien renunció a su título por razones de salud mental, se unieron al clamor: «Estoy en solidaridad total con Fátima, Viktoria y todas las mujeres increíbles que protestaron. Me siento impactada, disgustada y horrorizada». Incluso Alicia Machado, Miss Universo 1996, intervino con un livestream que, aunque controvertido por sus tintes racistas hacia asiáticos, subrayó la rabia colectiva contra Nawat.
Nawat, por su parte, emitió una disculpa en video en Instagram al día siguiente, negando haberla llamado «dumb» y alegando un malentendido: «Si alguien se siente mal, incómodo o afectado, me disculpo con todos. Especialmente con las chicas presentes». Pero el daño ya estaba hecho. La Organización Miss Universo (MUO) reaccionó con un comunicado en Instagram, condenando el «comportamiento malicioso» de Nawat por «humillar, insultar y mostrar falta de respeto» a Bosch, y por «el abuso grave de llamar a la seguridad para intimidar a una mujer desprotegida».
El presidente de la MUO, Raúl Rocha Cantú, fue más allá en un video en Facebook: «No permitiré que se violen los valores de respeto y dignidad hacia las mujeres. Nawat olvidó el verdadero significado de ser un anfitrión genuino». Anunciaron el envío de una delegación de alto nivel a Tailandia, limitando o eliminando la participación de Nawat y explorando acciones legales contra él. El certamen prosigue —la coronación está programada para el 21 de noviembre—, pero con una sombra que nadie puede ignorar.
Ahora, hablemos de las consecuencias reales para la reputación de Miss Universo. Esta organización, que se autoproclama un baluarte del empoderamiento femenino, de la diversidad y de las «voces que importan», ha sido pillada con las manos en la masa de la misoginia estructural. ¿Cómo puede predicar igualdad cuando su propio director local reduce a una concursante a un objeto silenciable? El walkout masivo no fue solo un acto de rebeldía; fue una denuncia colectiva que expuso la desconexión entre el glamour televisivo y la realidad backstage.
En redes sociales, hashtags como #RespectMissMexico y #MissUniverseFail acumulan millones de vistas, atrayendo críticas de feministas, influencers y hasta medios internacionales como BBC y People, que lo tildan de «falta de congenialidad». La marca, ya golpeada por renuncias pasadas como la de Voigt en 2024 por toxicidad interna, pierde credibilidad a pasos agigantados. Patrocinadores podrían replantearse alianzas con una entidad que, en lugar de elevar mujeres, las intimida. Y en un contexto global donde el #MeToo sigue resonando, este escándalo refuerza la percepción de los pageants como reliquias patriarcales disfrazadas de progreso.
Desde esta columna, aplaudo a Fátima Bosch no solo por su belleza, sino por su coraje. Al alzar la voz —»Estamos en el siglo XXI. No soy una muñeca para maquillar y cambiar de ropa. Vine a ser una voz para todas las mujeres que luchan por causas»—, encarnó el espíritu que Miss Universo pretende vender.
Nawat, en cambio, representa lo obsoleto: un hombre en posición de poder que confunde autoridad con abuso. La MUO debe ir más allá de disculpas tibias; urge una auditoría interna, protocolos claros contra el acoso y una mayor representación femenina en la cúpula directiva. Solo así podrá redimirse.
Miss Universo no es solo un desfile de vestidos y coronas; es un espejo de nuestra sociedad. Este escándalo nos obliga a mirarnos: ¿seguiremos aplaudiendo el espectáculo o exigiremos que el empoderamiento sea real, no un eslogan? Fátima y sus aliadas nos han recordado que las verdaderas reinas no se callan. Ojalá la organización escuche, antes de que su corona se desvanezca para siempre.
¡Nos leemos en la próxima columna si Dios, la inspiracion, pero sobre todo si mi editor que ya debe estar comprando las palomitas para ir a ver Miss Universe 2025 en su casa y ver en que termina este chisme “de la belleza”, me lo permiten!
