Por Diana Alarcón Elizondo
El Mundial de futbol siempre ha sido el gran ecualizador global. Una fiesta donde las diferencias de clase, origen y lenguaje se disuelven en el concreto de una tribuna o en el fervor de las calles. Históricamente, México ha vendido al mundo una marca país cimentada en eso: la calidez inigualable, la fiesta indomable, el caos folclórico y la pasión desbordada de su gente.
Sin embargo, a medida que avanza el evento de fútbol 026 en nuestro país, una pregunta incómoda comienza a flotar en las salas de estrategia de relaciones públicas y marketing: ¿Qué imagen le estamos proyectando verdaderamente al mundo entero?
Entre la elitización corporativa y los destellos de un comportamiento arcaico, México parece estar atrapado en una crisis de identidad reputacional.
De la tribuna popular al palco de los influencers
Este torneo se perfilaba como histórico, pero para muchos aficionados locales se siente como el Mundial más «fifí» y excluyente de todos los tiempos. La magia orgánica del hincha de a pie, aquel que empeñaba lo que no tenía para vivir la emoción del estadio, ha sido desplazada por un modelo hipercomercializado.
Hoy las experiencias se manejan bajo estrictas reservas VIP, zonas de hospitalidad impagables y tribunas colonizadas por influencers cuyos contenidos parecen más enfocados en el lifestyle y el patrocinio que en el juego mismo. Se ha enfriado el ambiente; se ha plastificado la emoción. Lo que antes era un carnaval comunitario hoy se gestiona como un evento corporativo de networking a gran escala. La marca país perdió su sazón popular para vestirse de etiqueta, dejando fuera a la afición que construyó la mitología del fútbol mexicano.
Contraste en Santa Fe: La delgada línea entre la pasión y la vergüenza
Paradójicamente, mientras la experiencia en los estadios se gentrifica, en las calles resurgen los peores vicios de nuestra cultura futbolística. El reciente incidente a las afueras del hotel Westin Santa Fe, donde cientos de aficionados mexicanos armaron disturbios con pirotecnia y ruido ensordecedor durante la madrugada para impedir el descanso de la Selección de Ecuador, es un pésimo mensaje de relaciones públicas internacionales (aunque se diga que Ecuado le hizo lo mismo a México hace muchos años).
Lo que algunos justifican bajo el folclore de «la serenata pesada» escaló a una queja formal de la Federación Ecuatoriana ante la FIFA y obligó a otras selecciones (como Inglaterra) a blindar o esconder sus sedes de concentración por temor a lo mismo. No es «picardía mexicana»; ante los ojos del mundo, es una conducta antideportiva, una flagrante falta de fair play y un reto directo a la seguridad del torneo.
El costo de la narrativa: ¿Qué México queremos vender?
A este cóctel de exclusividad y desorden se suman las sombras que siempre acechan a los grandes eventos en nuestro territorio: la tragedia de las cuatro personales fallecidas en Los Cabos y en el Angel de la Independencia, y los retos logísticos de los accesos.
Desde la perspectiva del marketing y la comunicación, el balance es delicado. Si la narrativa oficial del país se reduce a mostrar zonas exclusivas exclusivas y estadios corporativos donde solo unos pocos pueden gritar un gol, mientras que el comportamiento en las calles exhibe hostilidad y falta de civismo, el daño a la reputación de la marca México puede llegar mas pronto de lo que penamos
Un evento deportivo de esta magnitud no solo vende boletos; vende la imagen de una sociedad organizada, moderna, hospitalaria y segura. A muchos se les olvida la diplomacia entre pais y país. Romper el termómetro de la emoción popular para sustituirlo por el filtro de Instagram de un influencer, mientras en la banqueta del hotel de lujo se juega al sabotaje, nos deja en el peor de los mundos.
Aún quedan partidos por disputar y la oportunidad de corregir el rumbo sigue abierta. Pero el reto para las autoridades, las marcas patrocinadoras y la propia afición es gigantesco: recordar que la verdadera grandeza de México nunca estuvo en los palcos VIP, sino en la capacidad de ser anfitriones ejemplares, capaces de conmover al mundo con nuestra calidez, no con nuestros excesos.
¡Nos leemos en la próxima columna si Dios, la inspiración, pero sobre todo si mi ditor que debe estar con el alma en un hilo entre partido y partido, me lo permiten!

