Por Diana Alarcón Elizondo
IG: @lamaladelcuento23
Hay un fenómeno fascinante y aterrador a la vez en la televisión contemporánea: la pantalla ya no es una ventana al entretenimiento, sino un espejo de alta definición que nos devuelve, de golpe, las fisuras más profundas de nuestra sociedad. Formatos como La Casa de los Famosos se han consolidado como experimentos sociológicos en tiempo real. Sin embargo, bajo la premisa del “espectáculo 24/7”, la conversación digital ha dejado de girar en torno a las estrategias de juego para enfocarse en preguntas éticas de fondo: ¿qué estamos normalizando? ¿Por qué el odio vende más que la empatía? ¿Y hasta qué punto las marcas son cómplices de la toxicidad por un par de puntos de rating?
La micro-sociedad del encierro: Clasismo, «fifi-ismo» y misoginia como entretenimiento
Un reality show no inventa los prejuicios de una cultura; simplemente elimina las capas de corrección política que sus participantes usan en el mundo exterior. En pantalla vemos cómo afloran dinámicas de poder sumamente arraigadas en el imaginario colectivo: la perpetuación de un juego sutilmente misógino —donde la firmeza de una mujer es calificada de «histeria» o «agresividad» mientras que el machismo se disfraza de «estrategia» o «humor negro»—, y una marcada división socioeconómica.
La narrativa entre lo «fresal», lo «fifí» y lo popular deja de ser una caricatura simpática para convertirse en un terreno de marginación. Al convertir la violencia verbal, el acoso sistemático o la estigmatización en minutos de mayor audiencia, el formato logra algo peligroso: la normalización. Lo que la audiencia consume de manera continuada termina por adormecer la capacidad crítica, haciendo que comportamientos inadmisibles en la vida cotidiana se perciban como «simple contenido para pasar el rato».
¿Rehabilitación de carreras o ruina de reputaciones?
Durante décadas existió el mito de que «toda publicidad es buena publicidad» y que ingresar a un reality era el trampolín definitivo para revivir carreras estancadas. La realidad digital ha demostrado lo contrario.
Hoy, la audiencia no solo vota para eliminar participantes; cancela y fiscaliza en tiempo real. Los comportamientos tóxicos no solo destruyen la imagen personal del famoso dentro del show, sino que persiguen su carrera al salir: contratos cancelados, shows suspendidos y un estigma digital que el algoritmo no borra fácilmente. Un reality ya no garantiza el «renacimiento» de una celebridad; en la mayoría de los casos, actúa como un microscopio que acelera su caída si la personalidad carece de inteligencia emocional o valores éticos consolidados.
El dilema ético para marcas y consumidores: ¿Vale todo por la conversación?
Para los profesionales del marketing y las relaciones públicas, la paradoja es evidente. Por un lado, estos programas generan picos de conversación y volumen de interacciones masivas. Por otro, cuando el patrocinio de una marca se proyecta junto a discursos de odio, misoginia o violencia psicológica, el riesgo reputacional se vuelve inasumible.
Las marcas modernas ya no son meros logotipos; representan valores corporativos y responsabilidad social. Asociarse a un formato que premia la agresión pone en tela de juicio la autenticidad de sus campañas sobre diversidad e inclusión. Cuando los anunciantes se ven forzados a retirar sus pautas a mitad de temporada para proteger su equidad de marca, queda claro que el beneficio del alcance a corto plazo no compensa la pérdida de credibilidad a largo plazo.
¿Debemos seguir consumiendo este contenido?
Consumir este tipo de productos no tiene que ser un acto de culpa implícita, pero sí debe ser un acto de consumo consciente. El verdadero valor para la audiencia radica en mantener encendido el juicio crítico: mirar la pantalla no para aplaudir la violencia, sino para reconocerla, señalarla y exigir a las producciones límites claros de convivencia y respeto.
El público tiene la última palabra tanto en la televisión como en el mercado. En el momento en que la audiencia exige contenido que entretenga sin vulnerar la dignidad humana, y en que las marcas exigen entornos seguros para pautar, la industria del entretenimiento se ve obligada a evolucionar. Porque al final del día, lo que decidimos sintonizar y financiar refleja, de manera exacta, la clase de sociedad que estamos dispuestos a construir.
¡Nos leemos en la próxima columna si Dios, la inspiracion, pero sobre todo si mi editor que ya no sabe que hacer ahora que se le acabó su casa de los famosos y ahora anda viendo si se enajena con “La Granja” de TV Azteca, me lo permiten!
