Por Diana Alarcón Elizondo
IG: @lamaladelcuento23
En el manual de identidad gráfica de cualquier metrópoli, el color nunca es un accidente. Es una declaración de intenciones, un anclaje psicológico y, sobre todo, una herramienta de posicionamiento. Sin embargo, cuando la paleta cromática de una ciudad prioriza la narrativa política por encima de la coherencia técnica o la realidad social, el branding urbano corre el riesgo de convertirse en una caricatura.
La Ciudad de México se encuentra nuevamente en esta encrucijada institucional. Con la transición hacia la administración de Clara Brugada, el color morado ha comenzado a reclamar protagonismo en el espacio público, la movilidad y la iconografía oficial. Pero, desde la perspectiva del marketing y la reputación de marca-ciudad, ¿es esta una estrategia acertada o un grave error de lectura?
El error de «colorear» la movilidad y los servicios técnicos
Uno de los pilares del branding de vanguardia es el diseño universal. En ciudades globales como Londres, Nueva York o Tokio, los colores de la infraestructura y el transporte público responden a criterios de accesibilidad, psicología del color, contraste visual e ingeniería de tránsito, no a las simpatías del gobernante en turno.
Pintar unidades de transporte, señalética o infraestructura de morado bajo el argumento de la renovación no solo rompe con la continuidad institucional y genera un gasto innecesario para los contribuyentes, sino que diluye la identidad de sistemas que ya estaban consolidados en la mente del usuario. La movilidad urbana debe comunicar eficiencia, seguridad y orden, atributos que se logran con paletas normalizadas internacionalmente, no con tonalidades impuestas por dinámicas de partido.
La peligrosa banalización del morado: Feminismo de fachada en el país de los feminicidios
El punto más crítico de esta estrategia de comunicación es el intento de vincular el morado institucional con una supuesta agenda de género y feminista. En el plano de las marcas comerciales, esto se conoce como purpose washing (en este caso, un evidente purple washing): adoptar los símbolos de una causa social legítima para colgarse una medalla ética, sin que el fondo del negocio —o del gobierno— respalde la promesa de marca.
México atraviesa una crisis profunda, dolorosa y sistemática en materia de violencia de género, con cifras de feminicidios que nos sitúan en un estado de emergencia permanente. Intentar posicionar un gobierno como «feminista» a través de una brocha de pintura morada en el mobiliario urbano es, por decir lo menos, una desconexión absoluta con la realidad. Para el consumidor ciudadano, este tipo de tácticas no generan empatía; generan cinismo.
El respeto y la protección a las mujeres se demuestran con presupuestos, fiscalías eficientes y reducción de impunidad, no con cromática gubernamental. Cuando el diseño no se sustenta en la realidad, se percibe como una burla.
Del ajolote gris a la fantasía cromática: El riesgo del ridículo internacional
La desconexión estética e institucional de esta obsesión morada ha llegado a tocar la identidad de uno de los símbolos más queridos y endémicos de la cuenca de México: el ajolote. En los últimos meses, hemos visto cómo la iconografía oficial y las campañas de difusión distorsionan la naturaleza de esta especie, pintándola de un morado artificial que nada tiene que ver con la realidad.
Cualquier biólogo o entusiasta de la fauna local sabe que el ajolote silvestre (Ambystoma mexicanum) es predominantemente gris, pardo o negro. Forzar la biodiversidad de la ciudad para que encaje a presión en el pantone de la administración en turno es un síntoma de cuando el marketing político pierde el piso. Si somos incapaces de respetar la identidad de nuestra propia fauna en la comunicación oficial, ¿qué nivel de rigor estamos proyectando?
La reputación de la CDMX de cara al Mundial de Fútbol
La Ciudad de México está en la mira internacional. Con la Copa del Mundo a la vuelta de la esquina, la marca-ciudad debería estar enfocada en proyectar sus verdaderas fortalezas: su riqueza histórica, su vibrante patrimonio contemporáneo, su vanguardia artística y su hospitalidad.
La imagen que estamos dando al mundo no puede ser la de una capital atrapada en disputas de identidad cromática cada seis años. Los turistas e inversionistas globales buscan una ciudad con infraestructura clara, marcas de movilidad legibles y un entorno seguro. Presentar una metrópoli vestida de un morado ideológico, mientras los problemas de fondo —como la seguridad de las mujeres o la preservación ambiental real— permanecen archivados, proyecta una alarmante falta de madurez institucional.
El buen marketing no disfraza la realidad; la potencia. Es momento de que los estrategas detrás del diseño de la CDMX entiendan que una ciudad global se construye con políticas públicas consistentes, no con caprichos de color.
¡Nos leemos en la próxima columna si Dios, la inspiración, pero sobre todo si mi editor que seguramente ya va “de-morado” a sus juntas hoy lunes, me lo permiten!
