Por Diana Alarcón Elizondo
IG: @lamaladelcuento23
En la era de la hiperfiscalización digital, las Relaciones Públicas ya no se limitan al manejo de boletines o eventos corporativos; hoy son la trinchera más compleja de la comunicación política. En México, el ecosistema público atraviesa una crisis donde la delgada línea entre libertad de expresión, narrativa oficia, crítica objetiva y reputación personal parece haberse desdibujado por completo.
Cuando el discurso público choca de frente con las acciones individuales de quienes gobiernan, la percepción ciudadana se fractura. Y en tiempos donde todo se graba, transcribe y viraliza, el costo de no cuidar la lengua —y los actos— se paga en el mercado más valioso: la credibilidad.
Servidoras públicas y el mito del «micrófono personal»
El caso de la diputada Nay Salvatori y sus compañeras en el podcast Descasadas, señaladas severamente por expresiones despectivas hacia los adultos mayores, expone un vicio recurrente en las estrategias de marca personal: la falsa idea de que el micrófono digital es una esfera privada. Se que es farándula, sabemos que el morbo vende ¿ustedes creen que en La Casa de los Famosos no lo saben? Se les pide o se les obliga a generar contenido, muchas vces de “chismes” para que se viralicen en redes, o incluso anécdotas, algunas de ellas interesantes ¿por qué no? Como el día que Ernesto Laguardia filmó con David Lynch en la película Dune de 1984 en los Estudios Churubusco.
Para una figura de representación popular, no existe el «modo off». Todo acto público o declaración desafortunada tiene consecuencias reputacionales inmediatas. La incongruencia de emitir opiniones que menoscaban a sectores vulnerables mientras se ocupa un cargo público no es solo un tropiezo mediático o un episodio de funada en redes; es un error de comunicación estratégica que expone una desconexión total con la responsabilidad social inherente a la función pública.
La brecha entre la narrativa de austeridad y la realidad visual
Las marcas comerciales cuidan con celo que sus voceros mantengan coherencia con los valores del producto que venden. En la política, la narrativa es el producto.
Cuando emergen imágenes de figuras clave del discurso de austeridad —como Layda Sansores realizando compras en El Corte Inglés de Madrid o Citlalli Hernández en restaurantes de lujo como Negroni—, la crisis reputacional no nace del acto de consumo en sí, sino de la incoherencia estética y conceptual. Para las Relaciones Públicas, la percepción es realidad: una narrativa institucional que promueve la sobriedad colapsa en el instante en que el lenguaje visual de sus protagonistas contradice de forma explícita el mensaje que pregonan.
Listas, retractaciones y el riesgo para la libertad de prensa
Quizá el síntoma más delicado de esta deriva comunicacional es la tensión constante con la libertad de expresión y el ejercicio periodístico. El señalamiento y elaboración de «listas» de medios y comunicadores críticos por parte de funcionarios como Luisa María Alcalde —luego matizados o desmentidos en entrevistas como la sostenida con Joaquín López-Dóriga, en medio de declaraciones del Ejecutivo desmarcándose de estas prácticas— evidencia una grave improvisación en la gestión de crisis.
En un país trágicamente marcado por la violencia y el asesinato de periodistas, señalar o enlistar a la prensa no es una simple táctica de debate público ni un recurso retórico inofensivo. Es una irresponsabilidad estratégica que no solo menoscaba la libertad de prensa, sino que expone a los comunicadores y genera preguntas inevitables: ¿cuál es el verdadero propósito de estas listas?
La lección de PR: cuidar la coherencia en cada plataforma
Las Relaciones Públicas en el ámbito político actual exigen mucho más que reaccionar ante el escándalo; exigen rigor, autorregulación y congruencia absoluta. En el análisis de comunicación y marca, las palabras construyen realidades, pero los actos son los que las sostienen.
En tiempos de hipertransparencia, no hay margen para la inconsistencia. Cuidar la lengua, alinear el comportamiento individual a la narrativa que se abandera y respetar el ejercicio periodístico no son sugerencias de imagen: son los pilares fundamentales para proteger la reputación institucional y preservar el Estado de derecho.
Esta columna mas que Relaciones Públicas se ha convertido mas en política, pero es que es una clara ventana de comunicación y reputación con tantos casos y ejemplos que suceden. Una disculpita.
¡Nos leemos en la próxima columna si Dios, la inspiración, pero sobre todo si mi editor que debe seguir leyendo la larga lista de periodistas “opositores” (no vaya a encontrarse con algún cuate) que se presentó en una de las mañaneras la semana pasada, me lo permiten!
